lunes, 30 de enero de 2017

LA PERDIDA DE LOS TRANVIAS

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"Vigo podría haberse vertebrado alrededor del tranvía"


Hace algo más de un siglo, en el verano de 1914, los vigueses comenzaron a disfrutar de un sistema público de transporte urbano mediante tranvías. 54 años después, en aras de la modernidad, una corporación municipal que años después sería condenada por recibir regalos de la nueva concesionaria decidió dar carpetazo a este medio y sustituirlo por autobuses movidos por combustible.

Aún hoy, los vigueses que rondan o superan la sesentena añoran la imagen de aquellos vehículos que circulaban por raíles y no contaminaban, salvo en lo acústico. Entre ellos se encuentra el actual presidente de la sociedad que los instaló y gestionó. «Eran parte sustancial de la imagen de la ciudad y, cuando se puso en marcha, un medio de transporte moderno, aunque mejorable como todos», explica Antonio María Valcarce. Se refiere a que Tranvías Eléctricos, la compañía de la que su padre y su abuelo fueron directivos, en el seno de una familia con importantes ramificaciones empresariales (la Panificadora y el Banco de Vigo, entre otras), siempre se preocupó por innovar y estar a la última. «De hecho, antes de su desaparición estudiaban instalar ruedas recubiertas de caucho para eliminar el ruido que producían al frenar».

Los lectores de la edición de Vigo de La Voz de Galicia pudieron seguir en sus páginas el proceso de eliminación de los tranvías y la llegada de los autobuses de la mano de Vitrasa, que sigue siendo la actual concesionaria del transporte urbano en la ciudad. Ya un año antes, la empresa mantenía una posición contraria a la del alcalde Rafael Portanet, artífice del relevo. El 18 de junio de 1967, La Voz publicaba una amplia nota del Ayuntamiento en la que refutaba a Tranvías. Sin embargo, pese a la polémica, el 30 de julio del año siguiente, un bando municipal daba a conocer en el periódico el desembarco de los autobuses, un sistema que coexistiría durante algunos meses con los tranvías y que despertó mucha expectación en la época. «La convivencia no fue buena y pronto se vio que nos hacían la puñeta; un tranvía no se puede salir de la vía, pero los buses sí», ironiza Valcarce.

¿Cómo sería el Vigo de hoy de haberse mantenido los tranvías? Es la pregunta del millón, pero Carlos García Domenech, consejero de Tranvías, lo ve claro: «Vigo era una ciudad en proceso acelerado de crecimiento y se hubiera vertebrado alrededor del tranvía y de sus líneas. Sería muy diferente y el Plan Xeral de urbanismo hubiera girado alrededor de este medio. Obviamente, por su orografía, conviviendo con otros sistemas de transporte». Ambos directivos echan una vistazo al mundo e imaginan, «como ocurre en la cercana Oporto o en ciudades norteamericanas», una urbe viguesa donde coexistieran buses y tranvías.


Llama la atención que, medio siglo después del adiós a los tranvías, la empresa siga funcionando en otros ámbitos y defendiendo los intereses de sus 600 accionistas. Algunos próximos al tráfico, como su ramillete de aparcamientos subterráneos, y también en el ámbito urbanístico ya que Tranvías es propietaria de importantes bolsas de terrenos en distintos puntos de la ciudad. El ingreso de 3.200 millones (de pesetas) recibidos de la Xunta a mediados los año 90, en concepto de expropiación de los terrenos de la vía del tranvía a Baiona para construir una carretera fue una importante inyección económica.
Pese a ello, no dejan de soñar con lo que hubiera podido ser «si ahora existiera esta línea, que entonces discurría con vistas al mar y que utilizaban las panaderas que se surtían en la Panificadora para llevar el producto en cestas». Están convencidos de que «fue una gran pérdida para la ciudad y que todavía hoy sale a relucir, como cuando hace poco en Colón con las obras aparecieron las antiguas vías».

Juanma Fuentes. La Voz de Galicia

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